Empezó a sembrar una semilla en cada cuadrito de la maqueta para hacer nacer vida, plantitas para el vivero de los gallegos, siempre ha sido así, uno en su tierra siempre será un extraño, pordiosero, desterrado y el que gobierna asqueado de su propia raza le entrega el oro y la virgen al maldito extranjero, para ver si un poco de su clase se le pega, para tratar así de esconder un poco de su sangre de indio, de su color de piel, de su verguenza por nacer mestizo... siempre ha sido así...
Una semilla, tierra, nutriente, otra semilla, desde peladito tuvo ese trabajo, peon de vivero, sembrador sin tierra y sin cosecha, pero qué más podría hacer, no sabía mucho de nada, y aunque en su mente recordará las coplas de Alí Primera, parecían más bien un bálsamo que un grito de pelea: "viene bajando el obrero casi arrastrando los pasos por el peso del sufrir ¡mira que es mucho el sufrir! ¡mira que pesa el sufrir! Arriba, deja la mujer preñada abajo está la ciudad y se pierde en su maraña hoy es lo mismo que ayer es su vida sin mañana". Creen que uno no entiende de esas vainas murmuró, casi sin decirlo, casi con miedo, y continuó, una semilla, luego otra, luego más.... qué más podría hacer...
Recordó esa mañana al pasar por el llaguno haber visto más de tres barrenderos haciendo la misma cosa, barriendo una y otra vez la misma calle, limpiando lo limpio y sonrío: este presidente si está haciendo bien las cosas... nos está dando trabajo... dijo para sí, pero no se lo creyó.